EL ARTE 5

May 17, 2020

Como todos los domingos ponemos en la página una cita del maestro J.
M. Briceño Guerrero en relación con el arte:


250403


Antier vi una presentación del Edipo Rey de Sófocles. Me volvió a
conmover profundamente. He leído esa pieza varias veces en griego
antiguo; la he estudiado con mis alumnos de clásicas, la leí con mi hijo
Ricardo cuando él aprendía, todavía niño, la lengua de Sófocles. Esa
familiaridad con Edipo Rey no me ha producido desprecio a pesar de
Shakespeare (“la familiaridad engendra desprecio” /  _familiarity breeds
contempt_ ). Me confronta con un misterio y una maravilla crecientes en
densidad y obscuridad, más allá de lo que puedo ver con claridad
intelectual, más allá incluso del mito y del tema de la obra. Detrás y
debajo de ella hay un abismo.


Esta vez la pieza fue presentada por un grupo de actores europeos,
africanos y asiáticos. Recordé un grupo de teatro de Maracaibo. Ellos
compraron una casa con un premio de lotería que ganaron habiendo
adquirido el billete colectivamente y en petición a la Chinita.
Acondicionaron la casa para teatro y presentaban obras clásicas
adaptadas a las costumbres, las creencias y el hablar de los maracuchos.
Cuando presentaron el Edipo Rey viajé para verlos. La entrada costaba
menos que la de un cine. En el público había gente sencilla, de poca
instrucción, que sin duda no conocía el mito. Yo veía sus caras de
asombro ante el “suspenso” para ellos de la investigación. Yo veía
también mi propio asombro, no menor que el de ellos. Cada vez es
como la primera vez para mí.

 

Tiresias era un brujo guajiro. El heraldo era la radio, con esos alegres
locutores que tocan una campanita para dar las noticias. El coro, unos
bailarines y declamadores de movimientos y voces organizados de
manera genialmente creadora.


La presentación parisina mostraba el Edipo Rey  precedido y seguido por
Edipo en Colona, mitad antes, mitad después. La intención era generar
una controversia sobre la culpa. Esa intención quedó desbordada y
ahogada por el colosal impacto de la obra de Sófocles y por la maestría
de los actores.


El centro de esta presentación, la mitad misma, es una escena que no
aparece en Sófocles. El hijo, después del asesinato del padre, dialoga
amorosamente con la madre, besos, ternura. Declaraciones de afecto.
Los demás actores se sientan de espaldas a ellos para no ver, para no oír,
para no conocer el idílico encuentro, la felicidad prohibida aceptada con
inocencia y plena lucidez por el hijo y la madre.


En Sófocles, cuando la madre sabe lo que ha pasado dice “¿qué hombre
no ha deseado alguna vez acostarse con la madre?”
La escena central en la presentación parisina es sin duda soñada, solo en
la inmoralidad de los sueños permiten los dioses al hombre la dicha.
Edipo se sacó los ojos con el mismo broche que se abría para que cayera
el vestido de la madre cuando él la deseaba.


Un alumno mío en Mérida, cuando llegamos a este punto me dijo:
“Profesor ¿por qué tenía Edipo que sacarse los ojos? Más bien que
renunciara al trono y se fuera con la madre a otro país donde la
maldición de su pueblo no lo alcanzara”.


Parece que no es bueno averiguar mucho. El que añade ciencia añade
dolor. La vida es luz y sombra, cada una con derecho de intimidad. Al
día lo que es del día y a la noche lo que es de la noche. No interrogues a
los sueños.

 

A un gran dramaturgo español un periodista le preguntó: “¿Cómo llegó
Ud., don Jacinto, a volverse homosexual en un país tan machista como el
nuestro?” La respuesta: “Así como usted”. El periodista: “¿Cómo como
yo?” Don Jacinto: “Así, preguntandito, preguntandito”.
[...]


Con mi hija Cristina y mi nieto Pablo fui a ver una pieza de teatro
representada por niños, en la _Cartoucherie de Vincennes_ . Los niños
de una escuela se ponen a escenificar por su cuenta los cuentos
tradicionales. Pero introducen cambios demostrativos de los problemas
que se viven en sus respectivas familias.


Después de la representación, los niños se van a jugar y los adultos se
quedan para discutir la pieza con psiquiatras y sociólogos. Me fui con los
niños. Hablé con uno. No jugué aunque me hubiera gustado introducir
yo también cambios en los cuentos.


Conocía a la autora de la obra, Liz Martin, una amiga de Cristina. Años
antes había conocido a su esposo, brillante cineasta. Volvimos a hablar
de los problemas de los actores.


Días antes, con Ilsen y Jacques, había visto en la Comedie Française, la
última obra de Molière, “El enfermo imaginario”. Molière, ya enfermo de
los pulmones, había escrito la obra y la había ensayado con su _troupe_
para presentarla en la corte del Rey Sol, Louis XIV, durante el carnaval
de 1673. Pero el Rey no lo llamó, prefirió  oír la música de Lully.
Molière presentó la obra en la ciudad con gran éxito inmediato. La
enfermedad, las medicinas, los médicos son temas de esa divertida
comedia, pero cada acto se termina con una evocación a la muerte. Es
como si el autor jugara con su propio sufrimiento y su agonía. Hizo el
papel de Argón; durante la cuarta representación, cuando pronunciaba el
tercer juramento en la ceremonia de los médicos, convulsionó; pero
disimuló con una mueca cómica. Al bajar el telón tosió y escupió sangre.
Lo llevaron a su casa y murió. Lo enterraron sin ritos funerarios; la
religión no los concedía a comediantes. Había vivido apenas 51 años.
Cinco años después, en 1678, el Rey Sol reunió los restos de la _troupe_

de Molière y de otros grupos y formó la _Comedie Française._ Ese
mismo año y desde entonces hasta hoy, la _Comedie Française_
presenta  _Le malade imaginaire_ con diferentes interpretaciones. Argón
moribundo, Argón saludable, Argón bromista.


Volvimos a hablar de actores y de teatro. Siempre vuelvo a ese tema.
Siendo el teatro una actividad fundamental de la humanidad, la que
mejor ayuda a lograr el conocimiento de sí mismo, la que purga las
emociones a través de la compasión y el miedo, la que pone tu corazón al
desnudo en público, mientras tú te quedas quietecito en tu silla, siendo el
teatro la autoconsciencia de la humanidad ¿por qué tiene tan mezquino
apoyo oficial?


Pienso en el padre Dimitri Proaño que actuaba con su _troupe_ en
aldeas de Ecuador y tenía que huir a veces escalando muros, él, hombre
gordo, para escapar de las piedras de una turba azuzada por curas.
Pienso en los actores de Mérida, siempre luchando a brazo partido por
sobrevivir. Y ahora en París es lo mismo: excepto los que consiguen
puesto en los teatros subvencionados o en cine y televisión, los demás
escribiendo cartas, haciendo antesalas y las relaciones siempre sucias con
el poder político. Y eso en el país del mundo que más invierte en cultura.
Pienso en mi hermano Antonio. Cuando pequeño nos remedaba a todos.
Con una mesa vieja y una sábana improvisó un escenario para hacer
representación de pequeñas obras inventadas por él. Hasta su muerte
hizo teatro; cuando hizo otra cosa fue para no morirse de hambre y
poder seguir haciendo teatro.


Gente de teatro. Tribu pertinaz. Nada logra extirparla. Tiene raíces en el
trágico corazón de lo humano. Tendría el hombre que dejar de ser
hombre para acabar con el teatro y eso no lo puede lograr aunque lo
intenta asiduamente. 


"Los recuerdos, los sueños y la razón", Ediciones Puerta del Sol, Mérida,
2004.

 

 

 

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