PERDIDOS EN LOS MAITINES

Perdidos en Los Maitines

A principios de la década de los 2000, era usual que el profesor Briceño Guerrero, el Viejo, como solíamos llamarlo cuando él no nos oía, caminara todos los días, a partir de las 6 de la mañana por distintos lugares de Mérida: la urbanización La Mata, el estadio Metropolitano, el Jardín Botánico de la ULA… De todos estos sitios, creo que prefería Los Maitines, sector rural, lleno de colinas cuyo verdor se interrumpe por algunas casitas campesinas.

De Los Maitines era evidente que el Viejo disfrutaba de dos cosas más que nada: de la dificultad que significaba llegar a los terrenos más elevados y de las múltiples panorámicas que dejaba ver de Mérida: Mérida nublada, con el sol dando en ciertos lugares, con el sol colándose a través de un hueco que dejaban las nubes, Mérida lluviosa, su aeropuerto y el aterrizaje de aviones pequeños, digno de cuentos de realismo mágico…

De esa caminata ―la más prolongada de todas las que se hacían― el Viejo sacaba un provecho muy especial: era una forma de enseñar, cual peripatético del siglo XXI. Era usual oírlo disertar sobre miles de temas, hablar y reflexionar sobre lo humano y lo divino sin dejar de ejercitar el cuerpo y siempre aprovechando la oportunidad para ver el paisaje o a la ciudad, como forma de aguzar la observación de lo externo que, a la postre, sería ejercicio de observación de lo interno. En momentos, alguno de sus acompañantes de adelantaba y se le ponía al lado y, con un sistema de signos que aún no tengo muy claro, los demás comprendían que debían alejarse pues la conversación se volvía privada. No era raro que en un momento el Viejo llamara a uno de sus acompañantes para examinarlo sobre un tema en particular: vi a alguno decir de memoria textos enormes en extensión de Nietzche mientras el profesor asentía o corregía una palabra o una pronunciación en alemán, vi a otro decir los nombres de docenas de pintores mientras el profesor recitaba una lista de los nombres de las obras, todo sin leer un papel. Había, desde luego, espacio para el chiste, las bromas, las burlas, todo dentro de un marco de gran camaradería.

En una ocasión acompañamos al Viejo a Los Maitines Freddy Carrillo, el filósofo; Enrique Vidal, el arquitecto y profesor; José Gregorio Vásquez, el poeta y editor y yo. Era sábado y ese día de la semana el reloj no era tan importante, así que la ruta de la caminata generalmente se extendía. Al Viejo le gustaba la sensación de extravío pues decía que era buena como ejercicio de vida y nos ayudaba para saber cómo hacer en caso de que no halláramos la salida en situaciones angustiantes o problemáticas. Pero ese día especialmente la ruta fue más que larga; extenuante. Horas y horas de caminar y caminar en las que la sensación de extravío se volvió certeza de no saber en dónde estábamos. El profesor, quien era el guía, estaba más perdido que los demás, era evidente. Ni aun Freddy, quien era el más baquiano del sector, daba muestras de ubicación. La situación se hizo más angustiante cuando llegamos a un punto en el que un tupido cercado de alambre de púas nos impedía pasar, a menos de que pegáramos el pecho en tierra y, arrastrándonos, lográramos pasar al otro lado y así seguir buscando la salida de esa vorágine en la que nos habíamos metido, retornar no era una opción, así que echamos mano de nuestra torpeza y con o a pesar de ella, barriga en tierra, arrastrarnos hacia adelante.

En un punto de nuestra ya inminente desesperación no comentada para no parecer débiles, tal vez (no era época de abundancia de teléfonos celulares y ninguno de nosotros llevaba uno), apareció una paupérrima casita, sola en la soledad más inmensa, con techo de adobe y caña brava, descascarada por la inclemencia del ambiente, sucia, rota, quebrada… Pensamos que tal vez estuviese abandonada, que ese rancho (como llamamos en Venezuela a las casas miserables) hacía tiempo que nadie habitaba. Lo cierto es que el profesor se adelantó y todos sentimos el nerviosismo, la angustia y el anhelo de que un ángel nos sacara del agotamiento que ya nos estaba cobrando un alto precio, de la posibilidad de que nuestra pérdida generara alarmas en nuestras casas, etc.

El profesor entonces se acercó, toco tres veces, gritó a la vez un “¡Buenas!”, como saludo cordial a ver si el ser (no podía vivir más que uno allí) que la providencia nos había puesto en el camino nos indicaba cómo salir de ese embrollo y por fin darnos un baño, beber agua, comer bien, sacarnos de encima una ropa que tenía más barro que color… Al momento, una voz de mujer resonó, era la voz de una anciana. Esta abrió la puertica y nos miró con el cansancio propio de su avanzada edad, sin temor, sin pensar que fuéramos a hacerle daño. Puso su oído en dirección a nosotros, los angustiados-extraviados-ansiosos, y fue entonces cuando el profesor le dijo, contra lo que todos pensábamos:

―Buenas, doña, ¿tendrá usted un poquito de café que me regale? Es que salimos muy temprano de la casa y andamos por estos cerros paseando y ya hace falta el cafecito.

De manera tal que la anciana sonrió, se metió a su rancho, calentó el café y lo sirvió en una taza plástica que hacía juego con la destartalada vivienda y lo ofreció al profesor quien lo bebió de tres sorbos, con gran gusto. Dimos las gracias y seguimos caminando hasta que por fin hallamos la salida de Los Maitines sin novedad, salvo la de un arañazo prominente en la calva cabeza del profesor mientras trataba de pasar el alambrado de púas.

Un sábado del año 2001

Foto de ©José Gregorio Vásquez

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